martes, 25 de abril de 2017

PASCUA SALAMANCA 2017


Ponerse en ruta es salir de nuestro propio querer e interés, es dejar nuestra zona de confort y salir al encuentro del otro y del Señor.
Del 12 al 16 de abril se celebró en Salamanca la Pascua, en la que se reunieron más de 100 personas entre niños, jóvenes profesionales y familias jóvenes que tuvieron la oportunidad de vivir y celebrar juntos la Pasión, muerte y Resurrección del Señor.
Esta experiencia, ofrecida por la Compañía de Jesús, las Hijas de Jesús y CVX ha sido un tiempo de encuentro, de sanación, de dejarnos tocar por la Vida que, como la primavera, brota en cada esquina del Camino.
Encuentro entre CVX y los que no lo son; entre hombres y mujeres de casi toda España, muchos hasta entonces desconocidos pero que han podido crear una verdadera comunidad en ruta; encuentro entre miembros de la familia ignaciana que desde un sentir común son capaces de construir un proyecto ilusionante; pero sobre todo con el Señor muerto y resucitado que sale a nuestro encuentro y toca nuestro corazón. Y de esa forma nos sana, nos reconcilia y nos envía al Mundo para dar fruto, y fruto en abundancia.
Ahora ya estamos en nuestra Galilea particular, pero hemos vuelto transformados, con el corazón lleno de nombres y con la confianza de que la alegría de la Resurrección, la verdadera alegría, nos hará permanecer en ruta.
Y desde Galilea, es tiempo de agradecer. En primer lugar al Señor, que ha estado grande con nosotros, pero también a todos los que desde Sevilla, Córdoba, Cabra, Albacete, Barcelona, Bilbao, Donostia, Valladolid, Béjar, Madrid y Salamanca han participado. Gracias al equipo de preparación; a José Yruela sj por los puntos para la oración de cada mañana, a los monitores de la Pascua Infantil, a la Parroquia de El Milagro de San José y a la comunidad de servicio, integrada por miembros de la CVX en Salamanca, por enseñarnos, con su alegría y disponibilidad, a hacer realidad el en todo amar y servir.
¡Nos seguimos encontrando en el Camino!
 
 
 
 

 

sábado, 15 de abril de 2017

SÁBADO SANTO

Imagen de la Piedad, de Luis Salvador Carmona, que procesiona en Salamanca en la madrugada del Viernes Santo
Conocía la noche de la fe, pero nunca creí que fuera tan profunda. Ni una sola ventana con luz, sólo creer, esperar, cerrar los ojos, entrar en la cuesta arriba. Sí, ayer cuando la losa cayó tras de su cuerpo, nada de ángeles, nada de voces del Padre. Sólo la noche y el sonar de los latigazos en los oídos, y las carcajadas, y las blasfemias y las risas, el golpe final de la piedra, cerrándose.
¡Qué lejos ahora lo de Belén y aun las pequeñas angustias de Nazaret cuando él se alejaba! Entonces ¿es esto ser una madre? En la noche no hay nada. Sólo la noche. Y la certeza de que el sol está al fondo y volverá mañana.
Pero, ¿por qué se ha de salvar siempre con sangre? ¿Es que son tan hondos los pecados del hombre que sólo pueden borrarse con manos y frente desgarradas? No, no le hubierais reconocido ayer si le hubieseis visto subir por la pendiente. Las madres sí; olemos a los hijos desde miles de kilómetros, porque no es verdad que salgan nunca de nosotros. Están fuera, caminan, lloran, triunfan, viven, pero no es verdad; siguen estando dentro. Ayer el calvario estaba más en mi seno que en Jerusalén, clavaban dentro, mar­tilleaban dentro.
Por eso no hubo nadie junto a él. Juan, Magda­lena... todos estaban sin estar. Y hasta el Padre se fue y nos dejó solos.
Pero hubo algo más horrible todavía, algo que no he logrado entender, que acepto a ciegas, sólo porque él lo hizo: ¿Por qué no me miró?, ¿por qué en los últimos minutos no se volvió hacia mí? Estábamos unidos, sí, pero los dos entramos solitarios en la muer­te. Creédmelo: esperé hasta el último minuto su mi­rada. Y no me la dio. Vi doblarse su cabeza y supe que pensaba en quienes le habían abandonado: el Pa­dre y los hombres. Fue entonces, y no cuando los martillazos, cuando yo di mi vida.
Después de muerto volvió a pertenecerme. Qui­tando sangre, espinas, barro, fui reconquistando su cuerpo, y, si cerraba los ojos, podía pensar que le estaba lavando otra vez como cuando era niño. Le hablé como entre sueños. Y me pareció como si me entendiera.
Ahora ha vuelto la calma. La calma nocturna, pero calma al cabo. Ya sólo queda esperar y ver la puerta que se abre y sus ojos que brillan. Me gustaría que viniera con las heridas. Serían un buen recuerdo de este segundo parto en que le he dado a luz mucho más que la primera vez.

José Luis Martín Descalzo
“Apócrifo de María

viernes, 14 de abril de 2017

VIERNES SANTO

Imagen Cristo de los Cálices, de Juan Martínez Montañés. Catedral de Sevilla

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera, 
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

miércoles, 12 de abril de 2017

MIÉRCOLES SANTO

Imagen del Cristo de la Agonía Redentora, que procesiona en Salamanca en la madrugada del Miércoles al Jueves Santo

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti. 
Del enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.

martes, 11 de abril de 2017

MARTES SANTO

Imágenes del Cristo de la Luz y Nuestra Señora Madre de la Sabiduría, que procesionan en Salamanca la noche del Martes Santo

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?
Cuando me asaltan los malvados para devorar mi carne,
ellos, enemigos y adversarios,
tropiezan y caen.
Si un ejército acampa contra mí,
mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra,
me siento tranquilo.
Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.
Espera en el Señor,
sé valiente, ten ánimo,
espera en el Señor. 

Sal 26, 1. 2. 3. 13-14

lunes, 10 de abril de 2017

LUNES SANTO

Imagen del Cristo de los Doctrinos, que procesiona en Salamanca la noche del Lunes Santo

Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que promueva el derecho en las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y su ley que esperan las islas. Así dice el Señor Dios, que creó y desplegó el cielo, afianzó la tierra con su vegetación, dio el respiro al pueblo que la habita y el aliento a los que se mueven en ella. Yo, el Señor, te he llamado para la justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión y de la cárcel a los que viven en tinieblas.

Isaías 42, 1-7

viernes, 7 de abril de 2017

XIV ESTACIÓN: JESÚS ES SEPULTADO

“Fue crucificado, muerto y sepultado...”. Este es el momento en el que humanamente creemos que todo se ha acabado, que el final ha llegado y que ya no hay esperanza. La muerte ha vencido.
Esto sucedió hace 2.000 años, pero hoy ¿somos conscientes de las veces en las que sepultamos a Dios en nuestra vida? ¿Tomamos conciencia de los momentos en los que escondemos a Dios con nuestras actitudes, con nuestras acciones, con nuestras omisiones?
Frente al sepulcro, sintiendo la ausencia, la soledad, el corazón desgarrado por tanto dolor, nos preguntamos: ¿qué hemos hecho por Cristo? ¿Damos razones de esperanza? ¿Somos sus manos y sus pies?
El sepulcro es la última etapa de Cristo en su vida terrena; es signo de su sacrificio total por nosotros y por nuestra salvación. Muy pronto este sepulcro se convertirá en símbolo de resurrección.
La piedra del sepulcro abierta, movida, nos recuerda que a pesar de creer que todo se ha acabado, siempre hay un mañana, una esperanza.
¿Somos signos de esperanza para otros? ¿Creemos en la resurrección? ¿Confiamos?

María Noel Lamelas y Tucho Fraga, CVX en A Coruña


jueves, 6 de abril de 2017

XIII ESTACIÓN: JESÚS MUERTO EN BRAZOS DE SU MADRE

¿Y ahora qué, mi Señor? ¿Era esto lo que me prometió aquel ángel? Llegó a mí, me llamó “favorecida”, me anunció un hijo que sería “Hijo del Altísimo”. Este hijo destrozado que ahora recojo de la cruz.
Dichosa yo, que creí. Que me fie de lo que tuviera que venir. Tantos años de ver crecer al niño, guardando en el corazón dudas y asombros. ¿Y ahora qué?
Llevé a este niño en mi vientre, noté sus patadas, el primer latido de su corazón tan grande. Le enseñé a hablar para que contara bienaventuranzas; le enseñé a caminar para que llevara ese mensaje de una orilla a otra del Lago; calmé sus noches de llanto para que llevara consuelo a los afligidos; cuando llegaba a casa con las rodillas en carne viva después de jugar con sus amigos, curé esas heridas para que él sanara a los enfermos. Yo, que fui su cuna y su arrullo, ahora lo abrazo roto en mi regazo. Y sólo puedo ofrecerle ser sudario.
La única promesa que entiendo ahora es la de aquel anciano medio ciego, que vio para mí una espada atravesando mi corazón. Aquí está esa espada. No cabe un dolor mayor. ¿Qué padre o madre soportará ver morir a su hijo? ¿Qué grandeza hay en esto?
A mi lado la madre en Alepo, que con el cuerpo trata de cobijar a su niño mientras llega otro bombardeo. Conmigo los que una noche ven marchar de casa a su hija huyendo de Boko Haram. Soy el padre que no tiene lágrimas ya para su bebé mordido por la quimioterapia. Mi dolor junto a la mujer que llora el futuro de su pequeño, a punto de caer en las manos de una mara hondureña.
Duele esta espada, ya lo creo. Y, sin embargo, digo “sí”. Me fío. Mi alma sigue proclamando la grandeza de mi Señor. Mi corazón atravesado mantiene la esperanza en medio de esta tiniebla que nos envuelve ahora. No sé lo que va a pasar mañana, pero lo que tenga que ser, que se haga según la Palabra que me dio mi Señor.
Sinclair, CVX en Valladolid

miércoles, 5 de abril de 2017

XII ESTACIÓN: JESÚS MUERE EN LA CRUZ

Desde que te crucificaron hasta tu muerte, Jesús, transcurrieron tres largas horas que fueron de mortal agonía. Las personas que allí se encontraban, incluidas las autoridades religiosas, comenzaron a ultrajarte volviéndose hacia ti en la cruz. Constantemente, Jesús, estás siendo clavado en la cruz. En este momento de la historia, que vivimos en la oscuridad de tu Padre Dios que es también el nuestro, hay una gran falta de solidaridad y mucho sufrimiento. Quizá tengamos que orar como tú lo hiciste: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen, Padre perdónanos porque no sabemos lo que hacemos”. Tu rostro, Dios, tu rostro aparece difuminado, roto, maltrecho, sufriente e irreconocible.
Poco después, te dirigiste al buen ladrón y le dijiste: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Fue la primera palabra de Esperanza para el hombre de entonces, de hoy y para cada uno de nosotros. Por eso,  en la cruz te hiciste reconocer dándonos una Esperanza perdida. Tú eres el que sufre y el que ama; por ello podemos preguntarnos dónde nos situamos cada uno de nosotros, como el buen ladrón, ante los millones de seres humanos que sufren acompañándote desde su cruz que es la tuya.
María, tu Madre, se quedó junto a la cruz, no podía ser de otro modo; y con ella, Juan. Acógenos, Madre, en nuestras debilidades, egoísmos, indiferencia; en nuestras miradas hacia otro lado y permítenos acogerte en tu sencillez y en tu amoroso silencio para que seamos capaces en esta hora de oscuridad, turbación y dolor a reconocer el rostro de tu Hijo en todos los que sufren, en aquellos que son despojados de sus derechos, maltratados, vejados y asesinados… Que dirigiéndose al Padre le dicen sin cesar: ¿Por qué nos abandonas? Pero es la oración del que sufre, como también fue la tuya, Jesús.
Cuando llegó la hora de nona, gritaste: “¡Todo está cumplido!”. Toda mi obra de Redención y la misión para la que he venido a la tierra se ha cumplido. Lo demás pertenece a mi Padre e inclinando la cabeza le entregaste el  Espíritu. “El velo del Universo entero se rasgó en dos...”. Te pedimos ser capaces de creer en ti y seguirte en el momento de la necesidad y de las tinieblas que nos rodean en nuestro mundo hiriente y herido. Muéstrate de nuevo al mundo y a todos nosotros en esta hora y así se manifieste tu salvación para toda la humanidad. Amén.
Isabel Muruzábal, CVX en Zaragoza

martes, 4 de abril de 2017

XI ESTACIÓN: JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ

Hay clavos que unen, que fijados en la madera sirven para construir, son pieza fundamental en esos muebles de antaño que guardan todavía ese olor tan característico y nos traen a la memoria otros tiempos, esos en los que todo era más artesano. Sin embargo, este viernes, los clavos que recordamos son otros, estos son más dolorosos y huelen a sangre, a miedo, a incomprensión. Traspasan madera, pero también carne, sueños e incluso nuestro corazón. Son clavos de ira, de venganza, de no querer escuchar a Dios. Son los clavos que ninguno clavaríamos conscientemente, pero que, de hecho, clavamos en nuestro día a día cuando no actuamos con amor. A nuestra escala son pequeños, algunos no más grandes que un alfiler, pero sumados tienen la fuerza y la potencia de esos clavos que fijaron a Jesús en la cruz.
Puede que, en este momento, estés pensando que no, que tú no has empuñado ese martillo, que no has levantado un dedo que contribuya a la muerte de Jesús, pero ¿de verdad estás seguro?, ¿de verdad puedes decir que no le has negado nunca? ¿que no hiciste nada a ninguno de sus pequeños?, ¿puedes decir que tu indiferencia no le dolió a nadie?, ¿qué en aquella ocasión que miraste hacia otro lado no dejaste que la injusticia se abriera camino?
No te engañes, puede que ni tú ni yo estuviéramos allí y que no claváramos esos clavos, pero hoy, cuando levantamos muros, cuando dejamos de luchar por construir un mundo mejor, cuando el cansancio nos puede y el otro nos importa menos, cuando no queremos escuchar y cargamos contra el más débil, o cuando simplemente somos espectadores de las injusticias, en esos momentos y muchos otros empuñamos ese mazo, y volvemos a dejarle allí, clavado, solo, sin cabida en este mundo.
Hoy más que nunca, es momento de contemplarle, de mirarle a la cara y mirar mi vida. Es momento de guardar silencio y preguntarme cómo hacerme más consciente de esas pequeñas cosas para evitar que en un futuro, esas manos que clavan sean mis manos y esos clavos que perforan sean forjados con mis indiferencias y cansancios…
Ainhoa Torres, CVX Caná - Madrid

lunes, 3 de abril de 2017

X ESTACIÓN: JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS

Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Mt 27, 33-36.
 
La invitación es a contemplar a un Jesús al que ya no le queda nada, porque hasta le arrebatan las vestiduras, para hacer negocio con ellas. Muchas de las personas que viven en Casa Mambré (Comunidad de Hospitalidad) no tienen nada material, en sus lugares de origen ya eran pobres y durante el camino les despojaron, con violencia e inhumanidad, de lo poco que habían podido reunir para emprender el sueño de una vida mejor. Muchas de sus ropas, de sus zapatos, quedan enganchadas en las vallas de Ceuta y Melilla, y algunos de quienes logran saltar al otro lado o cruzar el Estrecho, están desnudos.
En los últimos días hemos vivido una experiencia que nos ha conmovido las entrañas y que queremos compartir desde esta estación del Vía Crucis. Hemos recibido en la Casa a una niña muy enferma y a su madre embarazada que venían de Gambia. Su sueño, el nuestro y el de muchas personas de buena voluntad que se movilizaron para alcanzarlo, era poner toda la sabiduría del mejor equipo médico europeo a su servicio para salvarle la vida. Contemplamos a esta niña como a Jesús despojado de todo lo material: niña, africana, enferma, pobre… todo en contra y ni siquiera de la muerte va a poder escapar finalmente. Hemos contemplado a su madre guardando todo esto en su corazón, al pie de la cruz. Y en ese vaciarse de todo, incluso de la vida terrenal, su cuerpo pequeño y maltrecho no ha dejado de aportarnos bendiciones y regalos en forma de sonrisas, bailes, juegos, de aprender ávidamente palabras y nombres en español, del reguero de personas que nos hemos ido conectando en una red solidaria que construye puentes y derriba muros. Contemplar a Jesús, a esta niña despojada de todo, ha sido una experiencia de esperanza en medio del dolor, de dejarnos en manos del Padre cuando ya nada tenemos, confiadamente, sabiendo que sólo Él es el camino de la Vida que no acaba.
 
Señor, Ten misericordia de quienes vivimos obsesionados por los bienes materiales, de quienes los arrebatamos a otros en unas relaciones de intercambio desigual, explotación de los recursos y violencia, que les impiden vivir dignamente y les empuja a salir de su tierra en un incierto y peligroso camino migratorio. En tu imagen, despojado de las vestiduras, contemplamos la imagen de aquellas personas a las que ya no les queda nada, a los pobres entre los pobres, y en este gesto tu inmensa identificación y amor hacia ellas.
Envíanos tu espíritu para que podamos cubrir los cuerpos malheridos por las fronteras, curar y ofrecer hospitalidad a quienes llaman a nuestras puertas, permanecer al pie de la Cruz como María, compartir la vida con nuestros hermanos y hermanas inmigrantes, y caminar juntos hacia la plenitud de Tu Reino.
Inma Mercado. Casa Mambre. CVX en Sevilla