martes, 28 de marzo de 2017

VI ESTACIÓN: LA VERÓNICA LIMPIA EL ROSTRO DE JESÚS

Una mujer llamada Verónica se abre paso entre la muchedumbre, llevando un lienzo blanco, con el que limpia piadosamente el rostro de Jesús. El Señor deja grabada su Santa Faz en este lienzo, un "verdadero icono". Jesús una vez más dona ante una mujer su verdadero rostro. Hombre como nosotros también es sensible a un gesto de afecto.
En el relato evangélico y en la piedad popular ocupan un lugar relevante varias mujeres, sobre las cuales se ha detenido el pueblo cristiano. La  presencia de la Verónica es sintomática de cómo prolonga la devoción cristiana los relatos evangélicos.
El paño de sobre el que queda impreso el rostro de Cristo, nos transmite que todo acto de caridad y misericordia hacia el prójimo, si es de verdad y sale directo del corazón, nos acerca más profundamente al Salvador del mundo.
Recordemos unos versos de la Oda a la Ascensión de  fray Luis de León: “¿Qué mirarán los ojos / que vieron de tu rostro la hermosura, / que no les sea enojos? / Quien gustó tu dulzura, / ¿qué no tendrá por llanto y amargura?.
La hermosura hecha dolor, dolor de ese rostro desfigurado, herido, henchido de dolor, supone la purificación para nosotros, pecadores. El mismo rostro que había sonreído a los niños nos mira con un amor infinito y nos cambia desde dentro, nos convierte el rostro del alma, nos devuelve la vida desde su dolor. El mismo rostro transfigurado del Tabor, nos desciende a la conciencia plena del sufrimiento, y el camino por este a la gloria eterno.
Si en la vida de todos los días yo me empeño por auxiliar al prójimo para que camine por las vías del Evangelio, de la Salvación, el rostro de Cristo se fijará en mi espíritu, me tornaré semejante a Él, ya que el amor vuelve a aquel que ama semejante al objeto amado.
¿Cómo poder mostrar, Señor, nuestro verdadero rostro? ¿Cómo liberarnos de nuestras caretas, de nuestras poses de autosatisfacción, de nuestras muecas de incomprensión y soberbia?
Jesús, déjame que enjugue tus lágrimas, déjame secar tu sudor, déjame limpiar tu sangre... ¡Te he escuchado tantas veces en el camino de mi vida, en los buenos y en los malos momentos! ¡He sentido tantas veces cómo tu presencia en mí me reconfortaba! ¡Me duele en lo más profundo verte tan roto y abandonado por todos! ¿Qué te han hecho, Maestro? ¿Adónde te llevan, Jesús mío?
Dame fuerzas para compartir parte de tu dolor y sobre todo, permíteme limpiar, secar, enjugar la suciedad, el sudor, la sangre de tantos en ti. Todos quisiéramos como Verónica aliviar tu dolor pero, ¡nos cuesta tanto hacerlo en el prójimo!
Haz que mis obras me  hagan semejante a ti y dejen al mundo el reflejo de tu infinito amor.
Amalia Campos, CVX en Sevilla

lunes, 27 de marzo de 2017

V ESTACIÓN: EL CIRINEO AYUDA A JESÚS A CARGAR LA CRUZ

¿Quién no ayudaría a Jesús como hizo el Cirineo llevando la cruz en un momento en que está siendo injustamente ajusticiado y terriblemente torturado? Estoy seguro de que ninguno de nosotros dudaría al echarle una mano. Pero claro, ¡Qué fácil es decirlo ahora que sabemos el final de la historia en que nos salvaría y resucitaría! ¡Que sabemos que Jesús sí que era buenísima persona y ayudaba a los más necesitados! Nosotros llegamos con la tranquilidad del que sabe lo que va a pasar…
El Cirineo en cambio igual sólo había oído hablar de Jesús de pasada, o ni eso; Jesús nunca lo habría ayudado, es más, lo más probable es que ni lo conociera, que sólo viera al volver del campo a un montón de gente pidiendo que ajusticiaran a un traidor, y que cuando la guardia vio a un hombre fornido le ordenara que ayudara al condenado para evitar que se desvaneciera antes de la tortura final en la cruz, y lo hizo, sí, por miedo a las consecuencias si no lo hacía y no como gesto de amor como en ocasiones le recordamos. ¿Eso le hace peor persona? Por supuesto que no, sean cuales fueran los motivos optó por socorrerle. Y ya padeció las posteriores burlas de la gente por ayudar a un vulgar “ladrón”.
Jesús nos decía “Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores aman a quienes les aman. Y si hacéis el bien a quienes os hacen el bien, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto.” (Lucas 6, 32-34)
Teniendo estas palabras de Jesús presentes te pedimos que hagas un ejercicio de contemplación, mires a tu alrededor y pienses 3 situaciones en las que hoy en día haya  gente que conozcas o no y que está haciendo el mal, algo que no te gusta, algo terrible. En un momento determinado están siendo vapuleados “y con razón”. (Date un minuto) Ahora llega un momento determinado en que un tercero te pide que le ayudes. ¿Y si ese tercero, ese “soldado” que te pide que socorras al indefenso “que no se lo merece” fuera nuestro Dios Padre-Madre? Tú tienes libertad plena de ayudarle (no como el Cirineo).  ¿Qué haces? ¿Te escondes entre la multitud? …
¿Eres capaz de amar a quien no te ama, perdonar a quien no te perdona, ayudar a quien no te ayuda, compartir con quien no comparte contigo?
Estamos camino del Gólgota y Dios me pregunta… ¿Qué mérito tienes?

Josu Beaskoetxea y Aitor Arbaiza, CVX Arrupe Elkartea