martes, 21 de marzo de 2017

I ESTACIÓN: JESÚS ES CONDENADO A MUERTE


Te condeno a no compartir mi tiempo, a no mirarte, a no reír contigo, a no escucharte, a no darte mi mano… porque eres distinto a mí, hablas de forma diferente, crees en cosas que yo no entiendo, quieres tener lo que yo tengo. Aunque pases a mi lado no te miro, no te veo, para mí eres invisible, aunque oiga tu voz, no te escucho.
Te condeno, porque quizá si te escucho no puedo seguir viviendo como vivo, quizá sea incómodo tener menos, o incluso otros pueden señalarme, o tal vez hasta se atrevan a condenarme por ponerme a tu lado y hacer de tu causa la mía. Aquí que cada palo aguante su vela. Mala suerte la tuya, yo lo siento... pero demasiado tengo yo con mi vida.
Y así, yo también condeno, también levanto muros, también cierro o tapio puertas y ventanas, que eso también significa condenar. Y eso fue lo que pretendieron con la condena de Jesús, tratar de cerrar definitivamente la puerta al Reino de Dios que él llevaba anunciando durante tres años. Y hoy, y ahora, seguimos condenando, aunque sea sin querer. Seguimos cerrando puertas, impidiendo que otros lleguen a nuestro país buscando un futuro mejor; seguimos cerrando ventanas para no ver que fuera hay gente que no tiene hogar, ni esperanza, ni nada en lo que creer. Cerramos la ventana y corremos las cortinas porque es mejor no ver qué pasa fuera de nuestra cómoda casa, y así, al cerrar, al tapiar, al condenar, evitamos exponernos a que el aire de fuera nos siente mal.
Condenar también es “echar a perder algo”. Con la condena a muerte de Jesús se pretendía acabar para siempre con todos los mensajes “incómodos” que Él anunciaba. Vino a poner el mundo patas arriba diciendo que los últimos ya no serían los últimos, que los pequeños eran más importantes que los poderosos, y con su condena se pretendía poner fin a tanto mensaje inquietante. Era necesario acallar sus palabras incómodas, como también hoy silenciamos mensajes que hablan de alternativas que no incluyen sólo a los de siempre.
Jesús fue condenado a muerte. Jesús también es hoy condenado a muerte.
¡Crucifícalo! La rotundidad de las palabras de entonces suena hoy con la fuerza de quien da un portazo en las narices a quien quiere entrar, y me veo a mi misma levantando muros, con la indiferencia, el olvido, el no querer escuchar o el no implicarme lo suficiente. Y sin querer o queriendo construyo muros, cierro ventanas, impido que circule el aire que todos necesitamos para respirar.
Entonces la mirada de Jesús se cuela por un agujero en tapia levantada. Su mirada nos invita a librarnos del miedo a perder nuestras seguridades, la auténtica invitación a no lavarnos las manos, sino a pringárnoslas con la vida de quienes hoy son condenados. Su mirada nos invita a mirar de otro modo, a escuchar, a acompañar, a derribar los muros y abrir ventanas. La oportunidad es nuestra, solo hay que aprovecharla.
Raquel Gómez, CVX en Salamanca