miércoles, 12 de marzo de 2014

LOS SIETE PECADOS CAPITALES. ORGULLO

¿Alguna vez has oído hablar de los siete pecados capitales? A veces hablamos poco de esto del pecado, quizás por temor a que se nos achaque ser excesivamente moralistas, a culpabilizar al personal, a hacer sentir a la gente que parece que la fe o el seguimiento de Jesús tiene más que ver con las prohibiciones que con la buena noticia. No es así. Pecado no es “lo que me gusta, pero mi religión me prohíbe”. No es lo bueno de la vida, que una religión castrante y represiva se empeña en anular. Son, más bien, aquellas circunstancias en las que uno elige y apuesta por cosas que hacen que la vida –propia y ajena– sea menos plena. En realidad es aquello que, aunque aparentemente me llena, en realidad me está vaciando, o está vaciando y dañando a otros. Y por eso, porque lo hace todo peor, merece la pena luchar contra ello. El pecado me aleja de Dios, de los otros, y probablemente me hace vivir fracturado por dentro, con mucha menos pasión, plenitud y alegría de la que tendría eligiendo otros caminos.
Pues bien, en la tradición de la iglesia hay, desde el siglo VI, una lista conocida como los pecados capitales (capitales, porque digamos que de ellos nacen otros). En las próximas semanas vamos a intentar ir ofreciendo una lectura actualizada de esta cuestión. ¿Qué son? ¿En qué sentido nos rompen? ¿Por qué luchar contra ellos? Tal vez la Cuaresma pueda ser un tiempo para reflexionar un poco sobre ello, y para seguir peleando por crecer, por dentro y por fuera, para hacer del mundo un lugar más pleno.

Hay un orgullo bueno y necesario. Te puedes sentir orgulloso de un hijo, de un logro, de un amigo. O de ti mismo, cuando has sido capaz de hacer algo que merece la pena. No se trata de no valorar lo que uno es, o lo que uno hace. Pero hay un orgullo diferente, mucho más destructivo. También se conoce como vanidad, o como soberbia, o tantas otras formas de llamarlo. Es esa mirada que se coloca a uno mismo tan en el centro, tan en un pedestal, tan hinchado y contento de sí, que te hace ciego -o indiferente- a los otros. Es estar encantado de ti mismo, desde una mirada complaciente con tus fortalezas; tanto que te olvidas de tus pies de barro y tu limitación. Es creerte el ombligo del mundo.
He ahí el problema. Porque si el mundo se convierte en una competición de egos entonces no queda mucho espacio para el diálogo, para el encuentro, para el amor (o solo lo hay para el amor propio). Si solo construyes desde la autocomplacencia y la mirada a ti mismo, te terminas encerrando en una burbuja que te aísla. Y esa burbuja, al final, y aunque ni te des cuenta, es una prisión en la que estás solo. Muy contento de ti mismo, pero solo, convirtiendo a los demás en meras comparsas o palmeros de los que solo esperas aplauso y reconocimiento.
Alternativa. Frente a ese orgullo, la respuesta es la humildad. Humildad que, decía Santa Teresa, es andar en verdad. No se trata de ningunear los propios talentos o de minusvalorar(se). Se trata de reconocer y expresar, con sencillez, quién es uno. Humildad es agradecer las capacidades y talentos –que las tenemos–. Y también reconocer las asignaturas pendientes y los defectos –que también–. Es la perspectiva suficiente como para que la mirada te lleve, más allá de ti, a los otros, allá donde haya encuentro verdadero.

Fuente: Pastoralsj


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