miércoles, 18 de diciembre de 2013

¿CÓMO RECONOCER AL MESÍAS?

Nuestra compañera de comunidad, Nade, nos envía desde Chad, donde está con el Servicio Jesuita a Refugiados, este comentario al evangelio del tercer domingo de Adviento (Mt. 11, 2-11).

Juan el Bautista, un profeta, un hombre de fe de quien todos hablan, e incluso el mismo Jesús le reconoce como un gran profeta… tiene un momento de duda ¿eres tú el que había de venir o tenemos que esperar a otros? se pregunta. ¿Cómo es posible que Él, teniendo delante al mismo Dios, tenga dudas?
En el texto se nos muestra como Jesús pide a sus discípulos que le confirmen que es Él y le hablen de “los signos que habéis visto”. Esos signos son su tarjeta de visita, sus credenciales para confirmar que verdaderamente Él es el Mesías que había de venir. Pero… espera: ¿qué signos son esos? ¿Un Dios en medio de los ciegos, de los leprosos, de los pobres y de los pecadores? La verdad es que eso suena bastante poco a la idea convencional que Dios todopoderoso que podrían tener por aquella época… ¿Un Dios entre los más frágiles? ¿Un Dios que no se impone? ¿Un Dios que come con pecadores?... qué difícil de creer, hasta para el mismo Juan que le había reconocido incluso estando en el vientre de su madre…
Podríamos tener la tentación de creer que 2000 años después ya hemos superado esa idea de Dios y que ya no le buscamos entre los grandes signos, los milagros y las grandes acciones… Pero, ¿realmente es así? ¿Dónde encontramos a Dios en nuestra vida? ¿Cuáles son los signos que esperamos de Él?
En medio del desierto, en los días difíciles, yo os confieso que no siempre me resulta fácil verle… En España era fácil construir la idea romántica de “estar entre los más pobres”; hablaba con unos y otros y nos decíamos: qué bonito sería ir a África, allí es más fácil encontrar a Dios… Y sí, cuando ves a un niño vestido con harapos y descalzo que corre hacia ti sólo para estrecharte la mano… puedo encontrar el amor de Dios en mi corazón que me pide que sea la mano que le acaricia y le hace sonreír con unas cosquillas… Pero en otras ocasiones resulta también muy complicado encontrarle. Cuando veo un pueblo que ha tenido que abandonar su casa a causa de la violencia y aun así tiene arraigada esa misma violencia en su modo de funcionar en los campos, un pueblo que aún establece discriminaciones en función de la etnia a la que pertenezcas o que  viola y minusvalora a sus mujeres, cuando me encuentro con algunos refugiados intentan engañarte para conseguir tus objetivos o que desconfían de tus intenciones… me pregunto ¿dónde están tus signos Señor? ¿Y qué puedo hacer yo por ti aquí?
Me encantaría deciros que tengo las respuestas, que después de un par de horas de oración profunda puedo resolver todos mis dilemas… Pero no es así, hay días de mucha oscuridad. A veces me cuesta entrar en esta lógica de Dios, descubrirle cuando las cosas se ponen difíciles y ser profeta cuando faltan las palabras…
Pero cuando lo pienso detenidamente… me doy cuenta de que lo que celebraremos en unos días es precisamente esa lógica distinta de quien nos quiere infinitamente, incondicionalmente, generosamente…  Un Dios que tiene otra manera de hacer las cosas pero que ha decidido ser un “Dios-con-nosotros”…  Y eso quiere decir lo que quiere decir: Él, de entre todas las opciones posibles, ha decidido que quiere ser parte de nosotros, vivir en medio de nuestra vida… con sus complejidades, sus dolores y su pobreza…  con nuestros pecados y nuestras contradicciones… Porque nos ama, porque espera lo mejor de nosotros y quiere nuestra felicidad por encima de todo... ¿No es eso algo muy grande?
Y cuando contemplo ese regalo, vuelvo a sentirme profundamente llamada a estar aquí a intentar imitar, con mis infinitas limitaciones, un amor tan grande… a hacer de ese Amor mi bandera y mis credenciales. Estoy convencida de que aunque mi cabeza dura y mi corazón atascado a veces no puedan encontrarle… estoy aquí porque me quiere aquí y esto es parte de su plan… y Él también está, Él me busca y me llama… como a cada uno, estemos donde estemos.
Aprovechemos este tiempo de Adviento para salir a su encuentro, para hacer como Juan y seguir buscándole con más y más fuerza a pesar de las dudas y las dificultades… porque es Él el que había de venir y no tenemos que esperar a otros.
¡Feliz Adviento!

Nade

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