lunes, 6 de agosto de 2012

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR


Seis días más tarde llamó Jesús a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada. Delante de ellos se transfiguró: su rostro resplandeció como el sol, sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bien se está aquí! Si te parece, armaré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa les hizo sombra y de la nube salió una voz que decía: “Éste es mi Hijo querido, mi predilecto. Escuchadle”. Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces temblando de miedo. Jesús se acercó, los tocó y les dijo: “¡Levantaos, no temáis!”. Alzando la vista, no vieron más que a Jesús solo. Mientras bajaban de la montaña, Jesús les ordenó: “No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que este Hombre resucite de la muerte”.

Mt. 17, 1-9

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